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domingo, enero 31, 2016

01 / El cuarto en el recoveco

Todo esto partió con un par de frases comunes que se colaron en el libro de Sylvia Saítta sobre Arlt y que seguramente escribió así como salieron publicadas, o quizás peor. Eso, ahora, da lo mismo: ella no tiene la culpa y el libro es muy bueno. Pero esa estupidez, que tiene el encanto de ser nada más que un detalle, me empujó a pensar en la manera en que esas oraciones resistieron durante los ocho años que transcurrieron entre la primera y la segunda edición, en cómo alguien las leyó y las dejó tal cual estaban aun pudiendo corregirlas, en que quizás nadie las vio o, lo más preocupante, en que tal vez estén en un plano textual en el que pasan desapercibidas y el error es solamente el de una lectura —mi lectura, en este caso—, que prefiere verlas como algo imperfecto y balbuceante. Es posible que sean citadas en papers, ensayos críticos, tesis, tesinas, trabajos prácticos y cualquier otro de los subproductos textuales, más o menos decentes, que generan ciertas lecturas. Y también es posible que, en todos esos casos, las fracesitas queden intocadas, absueltas de todo pecado sólo por lo que dicen, por su carácter funcional, tributario de un fin que será noble pero que acarreará sus propias falencias junto con las ajenas, en un juego que por lo general desecha toda materialidad y se inscribe en las convenciones que nos mantienen operativos dentro de este mundo donde es difícil imaginar cualquier cosa que no haya sido escrita como verdadera.