lunes, junio 08, 2026

Las voces que vienen de los sueños


El dedo en la boca y Las estatuas de agua
Fleur Jaeggy, El dedo en la boca y
Las estatuas de agua. 
Traducidos por Ma. Ángeles Cabré
Buenos Aires, Tusquets, 2025;
224 págs.  

En el pliegue incomunicable del tiempo, en esa brecha que se abre entre la experimentación de la vida que pasa y la realidad de las cosas quietas, la escritura de Fleur Jaeggy se despliega prescindiendo de la arrogancia y jugando al límite de un modo de narrar anacrónico que, a pesar de eso, no deja de avanzar aunque permanezca entreverado en las tensiones de una idea de lo poético. (En realidad avanza, sí, pero copiando la estela de un péndulo que disimula el movimiento hasta que se convierte en una revelación). Es un lugar incómodo por difuso y, a la vez, tan extendido que la conciencia del devenir y sus trampas no parecen suficientes para capturar ese instante que gatilla contra las convenciones de la representación. ¿De qué manera dar cuenta de esos personajes alucinados y algo bobos, en los que el pasado viaja hacia su actualidad a partir de un dato pequeño, mínimo, una costumbre o una visión circunstancial, a lo mejor tan simple como la silueta que se recorta en una ventana y que supone una historia ajena? Por más que lo enuncie con precisión, brevedad y vocación paradójica («El dolor, la ralentización de la vida, hacen que el tiempo parezca demasiado largo; pero los años se van siempre con la misma rapidez»), Jaeggy no tiene otra respuesta más que la exposición minuciosa de unas vidas que son también voces, un poco reales y un poco soñadas, que saltan entre la costumbre y la novedad, entre la locura y la calma, entre la trascendencia y la cachetada siempre a mano de la finitud.

Publicadas con una separación de doce años (una distancia de escritura que también cuestiona ciertos modos de ejercer el oficio de escritor en el presente), las dos primeras novelas de Fleur Jaeggy reunidas en este único volumen están fuera de la época y reafirman un anacronismo que no debe tanto a sus circunstancias históricas (la primera, El dedo en la boca, se publicó en 1969; la segunda, Las estatuas de agua, en 1980) sino que articulan un desafío sobre la actualidad, en tanto exigen del lector una sustracción fuera de la costumbre, un ejercicio que requiere formas un poco olvidadas: descartar la linealidad del tiempo de lo que se cuenta para asumir la superposición como un estado de cosas, y comprobar allí que todavía queda algo del deslumbramiento que es capaz de producir la literatura cuando se posponen esos gestos habituales. 

Una joven llamada Lung se chupa compulsivamente el dedo pulgar. Y, mientras tanto, en conversaciones reales o inventadas de sentido suspendido, relata su internación en un psiquiátrico, describe a la enfermera que la atiende y dialoga con su primo Felix y su padre que, a la vez, también hablan e introducen historias mínimas que se revierten sobre las relaciones familiares, de esas que vuelven del pasado para mostrar su extrañeza y, quizás y sin lograrlo, explicar las circunstancias actuales. El título mismo es lo que marca el tono y la idea: una costumbre difícil de abandonar es el centro, el punto fijo desde el que la narración irradia hacia el pensamiento desbocado sobre una vida que no se arma del todo y que alterna entre la primera y la tercera personas para dar cuenta en simultáneo de lo que el lector difícilmente espera: la confusión atomizada de estar mientras las cosas ocurren. En ese sentido, por ejemplo, es memorable la escena en la que el padre relata el viaje a África donde se enamoró hasta el delirio, por primera vez y para siempre, de Marween, la madre de Lung, que de inmediato se dejó seducir por algunos hombres atractivos de la tribu y se entregó a esa voluptuosidad aunque fuera para volver casi enseguida: «Y cuando regresaba, se suavizaba, se ponía a barrer, yo la cuidaba mucho, a mi mujer». En las tres frases siguientes, nace Lung, Marween enferma, requiere asistencia del brujo de la tribu y muere: «Marween Lee está muerta y yace en Yibuti». Se trata apenas de una de las varias desgracias que jalonan la historia de Lung (una enfermera se ahoga, el tío Jochim deviene asesino) y que Jaeggy planta para hacer evidente un sentido de la contradicción que no es del todo claro pero que explica, acaso, esa sensación de estar en otra parte y en otro tiempo por un rato.

Todavía un poco más pausada, Las estatuas de agua recurre a un dramatis personae que quizás provenga de los inicios como dramaturga de Jaeggy (publicó una obra de teatro en 1971) y que, sin embargo, no puede pensarse sino como la condensación del mismo procedimiento: las voces que arman la novela, esas que parecen llamar desde el sueño de lo real, necesitan apenas una identificación nominal para constituirse, una marca que no dice mucho pero que existe más allá de sus circunstancias. Aquí, un joven huérfano de madre (otra vez) vive en un sótano rodeado de estatuas y pasea por Ámsterdam (una ciudad pintada desde el agua). Y, de nuevo, la visión en sordina de las calles y el encuentro con algunas personas (un niño viejo, un tipo nacido con vocación de sirviente), vuelcan sobre sí los fragmentos de la historia (un padre recio casado con una amiga de la infancia, un mayordomo parco que, con la misma actitud, encuentra el amor y acompaña la vida de padre e hijo en tiempos diferentes) que arman un personaje inapresable. Es la distancia, claro, lo que marca la escritura, la desafía y la define: «…parecía que estuvieran allí conmemorando el intervalo, el espacio vacío que pende caprichoso, como una cuerda que razona, entre dos personas no del todo convencidas». 

A lo mejor la idea no es del todo descabellada: no importan muchos los motivos por los que habría que leer a Fleur Jaeggy ahora (algunos quizás sean evidentes, otros inconvenientes). Importa más lo que su aparente anacronismo puede hacer sobre la lectura desde el presente: nos enfrenta a un modo de narrar contra la época, donde la suspensión de lo previsible es la norma y la bruma de los planos superpuestos, los personajes borrosos y una reflexión sobre el tiempo y la vida misma se amalgaman en un trago que necesariamente hay que beber despacio.

Ñuñoa, 9 de julio de 2025.

Originalmente publicada en El diletante

martes, agosto 04, 2020

2 de agosto de 2020

Negrina
In memoriam
(algún día de abril o mayo de 2007 • 2 de agosto de 2020)

Tardé unos trece años, o quizás algo más, en darme cuenta de que las veces que interrumpía el aire con astucia o desgano para decir algo estaba interviniendo en cosas que habían ocurrido en el pasado. Cuando, tras un insulto, dejaba de auscultar el porvenir, y yo creía, iluso, que había encontrado la respuesta exacta para la conversación del momento, la perra galáctica detenía el acontecer para demostrar, con ese gesto simple, que hay siempre, en todo eso, un modo arbitrario que podría ser diferente, o incluso no ser. Más que auscultar el porvenir, que siempre está fijo en algún lugar de la idealización o la construcción hipotética, creo que, en realidad, la perra galáctica rememoraba. Y cuando decía, un día cualquiera, desde la placidez del piso sin barrer, cosas como «no podés ser tan boludo, deberías leerlo otra vez», no hablaba del libro que tenía en la mano sino, a lo mejor, del que había leído la semana pasada o, también, de otro diferente, de aventuras, perdido y casi olvidado en algún lugar de la infancia. El desplazamiento constante y la noción errada de que auscultaba el porvenir hicieron el resto. Fuimos jóvenes y fuimos viejos al mismo tiempo. Me quedo, ahora, con el aire enrarecido de su silencio junto a mí y, sobre todo, con la idea de que no existió un modo de estar más discreto que el suyo. Las fotos que le saqué el último tiempo armaron ese futuro inexistente y se cargaron de obviedad. Son para lo que fueron hechas: para recordarla como era. 



sábado, septiembre 07, 2019

09 / Boquitas pintadas (Song for Abdullah)

It is necessary to any originality to have
the courage to be an amateur. 
Wallace Stevens


Desde hace varias semanas, quizás un par de meses, a lo mejor más, me esfuerzo sobre un texto en el que dos tipos caminan por una ciudad argentina hablando de un libro que uno leyó y el otro no. La deriva de la narración no tiene importancia, aunque abunda en detalles (es los detalles), porque se convirtió en una excusa evidente para relatar un instante, que fue verdadero, y lo más probable es que haya pasado desapercibido para uno (y no para el otro). A pesar de que no se conocen demasiado, los tipos caminan con aire tranquilo, algo que empuja la escena hacia el lugar común de que podría haber, entre ellos, una amistad de años; eso se sostiene apenas en la manera coordinada en la que bajan de la vereda para cruzar la calle: ambos con el pie izquierdo primero y con una zancada parecida, a pesar de que uno es un poco más alto que el otro. No es relevante eso aquí, tampoco las circunstancias del encuentro ni las condiciones particulares de la caminata sino solamente la rareza de que pueda existir un diálogo alrededor de un libro que de alguna manera se comparte pero que uno leyó, y el otro no. Tampoco se trata de remedar el texto en curso, cuyo destino probablemente sea el fracaso previsible de lo inacabado, sino de hacer el intento por dar cuenta de una zona que queda afuera de la ficción o, mejor, que la ficción no puede asegurar.

sábado, abril 20, 2019

Juan José Becerra [El artista más grande del mundo]

Juan José Becerra, El artista más grande del mundo, Buenos Aires, Seix Barral, 2017; 296 pp. 
El orden de las citas es, por supuesto, arbitrario y no se corresponde, necesariamente, con el sentido de lectura, suponiendo que hubiera alguno. 

[p. 148] Después descubrí que escribir es lo contrario de pensar y que el pensamiento debe desprenderse de la escritura, o de la voz, como gotas que se desprenden de un deshielo, pero nunca precederla. El caballo es la escritura y el carro el pensamiento. Me dan pena los escritores que anotan en su bitácora el futuro de sus personajes, los planos de los capítulos, todos los elementos de una «evolución». Es la novela la que tiene el plan para el escritor, y ese plan es el desastre formal. 

[p. 216] Al menos no en una novela que se escriba hoy, cuando el lector de novelas se ha vuelto cada vez más idiota, cada vez más «niño», cada vez más incapaz de relacionarse con la experiencia de leer que no es otra cosa que la experiencia de esperar, ese tipo de lector aborrecible que ya nunca más logrará distinguir el régimen de la ficción artística de la transmisión de noticias.

[p. 230] ...es necesario rescatarlo para que enfrente al único desafío que debe asumir un escritor: contar lo que desconoce.
    La lengua con la que se cuenta lo ignorado viene sola con la sorpresa que la trae, entra a la literatura y se comoda, y de ella sólo valen las vibraciones internas ya que no el estilo, que es cosa de boludos.

[p. 196] Es una «pérdida». Hace rato que la literatura no tiene un destino, y no tiene un destino porque es el arte menos snob en la historia de la humanidad. La literatura te pide un tiempo que no se puede dar: ya no. Digámoslo así: ya nunca más. [...] Pero la literatura se mete con la vida, es decir que vos das tiempo y tenés literatura, y si no se lo das no la tenés. Es una relación que hay que asumir. Entonces, ¿qué pasa? Pasa que nadie quiere hacer esa inversión. 


martes, diciembre 05, 2017

Roberto Videla [Perla]

Roberto Videla, Perla,
Córdoba, Llantodemudo, 2015; 102 pp.
[p. 11] El jardín, que da al sur sombreado, por lo que a todo le cuesta crecer nacer, está descuidado, la empleada lo ha regado de ramas con espinas para que los perros no entren y ensucien, los pocos geranios que quedan se ven desolados y raquíticos, solamente el jazmín está hermoso, parece un árbol chico. La persiana del living cuelga un poco, nada grave, casi no se nota. En el balcón de los dormitorios del primer piso, que da a la calle y que nunca se usa —las persianas hace años que no se abren—, las maderas de la baranda están podridas y una de ellas cuelga, comida de termitas y de tiempo. Alguna vez estuvieron envueltas en hiedra y eran reino de escaramuzas y guarida de bichos. Ahora son despojo.

[p. 15] Verán los que pasan, caminando o en auto, a un señor maduro, a un viejo —me es tan difícil escribir eso de mí— sentado ahí, en la vereda de la Perlita, la que hizo nacer a medio pueblo, la partera más querida de las tres que había. Otra era la partera Pilar, madre de la Pety, una amiga, la otra no recuerdo, tal vez era dos nomás.