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domingo, junio 05, 2016

Juan Manuel Inchauspe [Poesía completa]

Sin nombres
Inchauspe
Juan Manuel Inchauspe, Poesía completa, Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 1994

[...]
Hemos dejado tantas cosas olvidadas, llamado tantas veces a la puerta, que ver cómo se nos muere la hermosa confianza es apenas, apenas, un gesto de cansancio. [p. 19]



4.
[...]
La ceniza sobre la mesa, el lomo de los libros
y ese desorden de papeles como de algo
que fue nerviosamente buscado durante la noche. [p. 37]



5.
Suave es caer en la habitación 
cuando hemos dejado detrás 
esa acumulación crujiente de horas
quemadas para vivir.

Suave la presencia de los muebles
la línea de tu nuca acompañando
la inclinación de tu cabeza sobre el libro.
Suave el fondo de mar de tus ojos.

Y más suave la hora —en que ya cansado
pero terriblemente libre— enciendo 
la lámpara que apagaré muy tarde.

May. 1966 [p. 39]

jueves, diciembre 31, 2015

La realidad intraducible

Sobre: Leónidas Lamborghini, 
Mirad hacia Domsaar, 
Buenos Aires, Paradiso, 2003.

En la curva de un paraje desierto, allá, en la esquina del Herrero, estalla el sol con su potencia abrasadora y una luz lo invade todo con polvo y sequedad. Allí están, detenidos en un espacio que los limita —una contención que se marca, desde el lenguaje, con el raro imperativo de la mirada—, Pijg el gigantón, su mujer Mata, la enfermera Betty, el Pájaro Pájero, el buey intacto, la serpiente, la camilla con ruedas a rulemanes y, claro, el Herrero. Están por iniciar un viaje pero algo los detiene. Pijg permanece inconsciente, en coma, y de vez en cuando algunos momentos de lucidez lo obligan a hablar, a decir algo. Pero no: está agonizando y, entonces, permanece en un lugar que en realidad no existe («que agoniza,/ que se nos muere y no se nos muere»). Es ese al que van a dar las cosas que de indefinición tiene el mundo pero, sobre todo, la lengua defectuosa de quienes lo habitan.

R / Z

Sobre: Ricardo Zelarayán,
  La obsesión del espacio, 
Buenos Aires, Atuel, 1997 [1972].



1. El segundo libro de Ricardo Zelarayán, Traveseando (editado por Kapelusz en 1984 y por Cincel, en España, durante el mismo año pero con otro gerundio como título: Fantaseando) es un conjunto de relatos para niños. Resulta, al menos, extraño que quien escribe "para tirar o para perder" pero rara, rarísima vez para publicar, haya insistido en que tal título apareciera siempre en las solapas de sus libros posteriores (se trata de Roña criolla, en 1991, y de la reedición de La piel del caballo, en 2000). Hay, de hecho, una legitimidad en la mención pero, también, una alianza misteriosa o, si se quiere, una provocación: la referencia parece sugerir la posibilidad de que la poesía de Ricardo Zelarayán se instale en un "balbuceo" que la emparenta directamente con la infancia, aunque, claro, adoptando de ella la complejidad casi demencial del cerebro de un chico que comienza a conocer el lenguaje como algo propio y se maravilla. Al mismo tiempo, esa imagen infantil se presenta como un imposible de perfección, robado a las conversación de los mayores, a las sobremesas espiadas, a los tics y juegos verbales que, seguramente en detrimento de otros más apasionados, arremeten los padres en momentos de temeridad, ofuscación, pena. Endemoniadamente difícil, aparente reunión de "cosas escuchadas por ahí", la lengua de la infancia asume la desproporción de querer abarcar todo lo que ocurre en el mundo pero también toda referencia verbal que irrumpe en el aire para transformarlo y, en última instancia, para hacerlo real ("tocable"). Es, sin duda, una de las formas deslumbramiento, que RZ transformó en una de las poéticas más sólidas de la literatura argentina. Si no ¿cómo se explica la casi belicosa intención de atrapar la inmensidad de la Gran Salina? Y, peor, ¿cómo se describe el deslumbramiento que produce comprobar que, de un modo inexplicable (deslumbrante) lo logra?

En el medio de la ruta

Sobre: Daniel Calabrese, 
Ruta Dos, 
Santiago de Chile, El Mercurio-Aguilar, 2013.
[Premio «Revista de Libros», 2012]

[Una versión levemente distinta de esta reseña se publicó en Revista Chilena de Literatura, Univerisidad de Chile, Nro. 87, 2014, y se puede leer aquí •••>]

Uno / Retomar el pueblo y devolverlo transfigurado: ya no por lo que representa sino por lo que construye. Olvidar, por un instante, el referente real (la tarea sencilla, pues implica el recuento y la descripción) y desplazarlo hacia la zona donde se vuelve inapresable: el fruto del recuerdo, la evocación, y también la construcción imaginada sobre la realidad de una historia, un pasado que los hechos insinúan pero que no alcanzan a develar sino a través de lo que inventa la lengua de la poesía.  Así, el espacio se convierte en una excusa sobre la que sobrevuela la escritura que anota, desde el costado, lo que podría pensarse como una cultura del pueblo (pueblerina) y que se impone desde las circunstancias que rodea y no evita: en los pueblos siempre hay muerte, cementerios, molinos, carteles, habitantes extraños, familia, cines, mecánicos, padres, aislamiento y extensión. Este, además, está en la mitad de una ruta que une cosas que no deberían estar unidas, que quizás no une nada.

El vector Lamborghini

Sobre: Osvaldo Lamborghini, Poemas. 1969-1985, 

Buenos Aires, Sudamericana, 2004.

En La obsesión del espacio, Ricardo Zelarayán incluyó un pequeño texto al final («Posfacio con deudas»), a modo de nota de agradecimiento, que resume una manera de entender la poesía y que, en 1972 (año de la primera edición de ese libro, que no lo incluía), podría haber sido la enunciación simple de algunos aspectos del programa de la revista Literal (aparecida entre 1973 y 1975, y que Osvaldo Lamborghini dirigió) o de varias de las líneas que se impusieron en la poesía argentina en la década de los ochenta y noventa. Escribe Zelarayán: «La poesía debe leerse. La única poesía que no se lee es la de los actos y palabras que no se proponen ser poéticos. En fin, el lenguaje es para mí la única realidad. Esto no es ninguna novedad, es una simple afirmación. Si la realidad está en alguna parte, está en el lenguaje. La primera tarea del hablado por la poesía ha sido nombrar las cosas, las cosas que no son las cosas sin las palabras. Pienso que el realmente hablado por la poesía es el que sigue y seguirá nombrado las cosas, es decir cambiándolas, transformándolas continuamente. La poesía es una renovación, subversión permanente. Insisto en que no hay poetas, hay simples vectores de poesía».