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martes, julio 18, 2017

Roberto Bolaño [Los sinsabores del verdadero policía]

Solamente una cita:

Roberto Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía,
Barcelona, Anagrama, 2011; 328 pp


25. 

¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor. [p. 146]

Y un documental:


Documental



jueves, diciembre 31, 2015

La mesura de la demencia


Sobre: Carlos María Domínguez, 
Tres muescas en mi carabina
Buenos Aires, Alfaguara, 2003.

...y cuando le daba por sacarse palabras de encima
—afirmaba que a menudo le impedían dormir— las
escribía en un papel, entraba a la jaula, se las colocaba
a un pájaro y lo soltaba. Invariablemente se sentía
mejor porque, según decía, no había nada comparable
a una palabra que subía al cielo.
Domínguez

Hay una breve nota introductoria, casi un epígrafe, que abre la última novela de Carlos María Domínguez (Buenos Aires, 1955): «Esta novela cuenta hechos reales y otros imaginarios. La mayoría de los nombres han sido sustituidos. Por su histórica notoriedad, unos pocos fueron conservados». En la página anterior, un mapa de la desembocadura del Paraná en el Río de la Plata resalta con una línea más gruesa una pequeña porción de tierra en el agua: la Isla Juncal, justo frente a Carmelo, en la Banda Oriental, y en el medio de la frontera que separa a las aguas en dos y les da un adjetivo (argentinas, uruguayas).

La grieta por donde se filtra lo que sucede

Sobre: Alberto Laiseca, 
Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati, 
Buenos Aires, Interzona, 2003.

Uno
Alberto Laiseca (Rosario, 1941) fue, durante más de diez años, corrector de pruebas del diarioLa Razón. Vivió en pensiones, ocupó un departamento común de un común barrio peronista —construido por Perón— de Av. San Juan y publicó, en 1976, una novela policial en la Serie Escarlata de Corregidor, que sufrió un cambio de título para adecuarse al criterio impuesto por la colección: concebida como Su turno, finalmente apareció como Su turno para morir, algo más pertinente, sí, pero menos comprensible para un texto que tenía ciertas notas discordantes (o no) con los de Goodis, Parker y otros similares con los que compartía formato.

La culpa de la cultura

Sobre: Bernard Schlink,

El lector, 
Barcelona, Anagrama, 2002.



En español, se conocen dos libros de Bernhard Schlink*. Con El lector, editado por primera vez en 1995, obtuvo una fama considerable y se transformó en un superventas. Publicado en castellano dos años después de su aparición y ya reeditado cinco veces, ha generado varios debates acerca de la literatura alemana (de cómo, con G. W. Sebald, M. Bayer y el propio Schlink, se ha sacudido el polvo de doscientos pesados años de escritura) y del dilema que supone, una vez más, escribir sobre el Holocausto perteneciendo a una generación posterior. Se trata, en todo caso, de ver de qué manera se carga con un pasado y, si tal cosa fuera posible, cómo se escribe acerca de una encrucijada moral que, claro, encuentra en las diversas formas narrativas que asume la culpa colectiva algunas estrategias de expiación.

Memoria de la experiencia cercana

Sobre: Alejandro López, 
La asesina de Lady Di, 
Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2001.


En 1999, Alejandro López fue finalista del Premio Clarín de Novela con La asesina de Lady Di, que publicó Adriana Hidalgo Editora dos años más tarde, y que cuenta la historia de Esperanza Hóberal, una adolescente de Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, que, luego de una pelea con su madre, decide abandonar el pueblo rumbo a Buenos Aires para cumplir el máximo de los sueños posibles: tener un hijo con Ricky Martin. Apenas un año antes, el ambiente literario se sacudió con el que fue el ganador absoluto de ese premio en su promocionada primera edición, Pedro Mairal, un joven desconocido que sólo había publicado un libro de poemas. En su novela, Una noche con Sabrina Love, Daniel Montero, un adolescente de Curuguazú, provincia de Entre Ríos, resulta ganador, en un sorteo televisivo, de una noche de sexo con Sabrina Love, la primera porno star argentina, y decide partir hacia Buenos Aires para consumarla.
En ciertas épocas, el sistema literario registra algunas tensiones hacia zonas de la experiencia (o la realidad) que, aparentemente, no habían sido noveladas, es decir, habían logrado permanecer al margen de los estatutos de la ficción. Más allá de cualquier debate acerca del realismo,

La obrera y el hombre anónimo

Sobre: Sergio Chejfec, 
Boca de lobo, Buenos Aires, Alfaguara, 2000.

«He leído muchas novelas donde lo que sucede no guarda relación con lo descripto; novelas que no organizan la realidad, sino al contrario, buscan que ésta organice las palabras».
Chejfec

1. La frontera 
     La historia, a simple vista, es trivial: un hombre adulto –de edad indefinida– se enamora de una obrera adolescente, Delia, en un barrio fabril de una ciudad desdibujada, a punto de extinguirse. La relación transcurre sin demasiados sobresaltos hasta que ella queda embarazada, y entonces, siguiendo un patrón ficcional tantas veces visto en las telenovelas, decide abandonarla. Un tiempo después, el hombre inicia una suerte de camino hacia el reencuentro que consiste, básicamente, en evitar cualquier cruce accidental con la mujer y en recuperar del olvido, mediante la escritura, casi todos los detalles de esa historia, hasta que la pierde (a la mujer, a la historia).

La paciencia de escuchar, la pereza de ver

Sobre: Luis Lozano, 

Una mujer sucede, 
Buenos Aires, Sudamericana, 2005

1. (El espacio)
Un tipo llega a un pueblo en el ferrocarril (la lluvia previsible, la sorpresa muelle que genera la comprobación del abandono imperante en las calles desiertas) y, para refugiarse de la humedad y del frío, se mete en donde un empleado municipal hace horas extra como único deudo en el velatorio de una mujer sin nombre. La parquedad del encuentro y la presencia de la difunta solo hacen presagiar el tono que caracteriza, quizás, a los habitantes de ciertos pueblos argentinos: un modo de comunicación que tiene mucho de sobreentendido y también de gestos trazados desde un código común, relacionado siempre con un modo masculino de ser que está en la intersección entre el respeto profundo y la paciencia natural que el paisaje otorga a las historias vitales. Aquí, como una muestra casi experimental, la llanura pampeana y su inclemencia se trasladan a una sala velatoria que reproduce, en pequeño, la inmensidad que hay afuera. Y también su modo se ser, reposado y en permanente tensión hacia algún tipo de final: una lluvia que, de pronto, se cierne sobre el paisaje oscureciéndolo todo o, en el espacio reducido, el inicio de una narración, la historia que alguien cuenta para contraponer a la inmovilidad de la noche la acción que solo las palabras pueden evocar.